—Te voy a dar un vaso de agua —ofreció Eulogio.
Mario no se opuso y observó cómo Eulogio, con cierta torpeza, manejaba la tetera en la reducida cocina. El viento nocturno se colaba por las rendijas, provocando que Eulogio tosiera de vez en cuando.
De repente, Mario preguntó:
—Si estás enfermo, ¿por qué no te tratas?
Eulogio se tensó y, bajando la voz, murmuró:
—Son los achaques de siempre, nada grave… Con un poco de medicina para el resfriado será suficiente.
Mario sabía que mentía; era evidente