Mario habló con sorna:
—Ana, ¡qué generosa eres!
Tras decir eso, la echó a un lado y fue a darse él mismo una ducha fría.
Diez minutos más tarde, Mario salió del baño, y vio que Ana extendía una sábana en el sofá: obviamente ella quería pasar la noche en él, lo cual le fastidió.
La ira que acababa de contener volvió a resurgir y, sin pensar más, levantó a Ana y la arrojó hacia la mullida cama grande, con su cuerpo siguiéndola y presionándola. Ana enterró la cara en la almohada.
Mario no quería