Era casi mediodía cuando Ana fue encontrada por una de las sirvientas. En plena luz del día, con la lámpara aún encendida en el estudio, yacía Ana, extendida sobre el oscuro escritorio de madera. Llevaba puesta solo una bata de baño negra, y su cuerpo mostraba rastros secos de un amor apasionado. Sus ojos cerrados, las lágrimas ya evaporadas. Inmóvil, su rostro lucía un rubor anormal y su cuerpo ardía al tacto.
La sirvienta, pálida y alterada, exclamó: —¡La señora tiene fiebre!
Dada su edad y ex