Los días siguientes fueron más desconcertantes que cualquier batalla que Noah hubiera enfrentado.
La Leah temerosa se esfumó como humo en el viento. Y ni siquiera dejó rastros de la Leah grosera, esa que le escupía palabras crueles y lo miraba como si fuera la peor escoria.
La vidente ahora se portaba amable. No de forma sumisa o artificial. Había algo genuino en la forma en que le hablaba. Cooperaba en todo lo que él pedía sin protestar. Y cuando él sacaba a flote sus comentarios ásperos —eso