Leah volvió a su área, apartada de todos. Sus manos no soltaban a su pequeña, que balbuceaba en su regazo.
Aunque no quería sobrepensar, su mente le arrojó fragmentos de las palabras del alfa anciano. El desprecio en su voz cuando habló de su hija. La firmeza con la que Noah la defendió.
—¿Necesita que le ayude en algo?
La voz de Eira la arrancó del ruido de sus pensamientos.
—Estoy bien. —Por puro instinto, hundió a su hija contra su pecho, donde el corazón le martillaba con un ritmo de alarma