Leah lo miró sin comprender.
—¿Qué… qué insinúas? —preguntó, y la voz le salió más frágil de lo que quiso.
Noah no apartó la mirada. No suavizó el gesto. No buscó rodeos.
—Te digo la verdad —respondió, dispuesto a afrontar lo que venía—. Esa cachorra es mi hija.
Las palabras cayeron como una enorme piedra.
Leah dio un paso atrás de manera instintiva. Luego otro. El aire pareció abandonarle los pulmones. Negó con la cabeza, una vez, dos, como si así pudiera borrar lo que acababa de escuchar.