Noah no dijo nada.
No retrocedió.
No se acorazó con palabras.
Pero algo cedió en su interior. Un desplazamiento silencioso, como una falla distante.
El llanto de Leah seguía. No con escándalo. No con súplicas. Lloraba como alguien a quien ya no le queda nada que proteger salvo lo que lleva dentro, y a eso se aferraba. Los hombros le temblaban apenas. El llanto era mudo, contenido, como si incluso eso le pareciera un exceso.
Noah apretó la mandíbula. El hueso le dolió bajo la piel.
Había visto l