La loba mayor encontró a Noah al caer la tarde. Sabía que no debía involucrarse demasiado; sin embargo, las lobas solas y embarazadas siempre le despertaban cierta nostalgia.
Él revisaba marcas cerca del patio interior, con la atención puesta en el perímetro, no en ella. Aun así, supo que estaba ahí antes de que hablara.
—La loba nueva, la delgadita —dijo ella con cuidado—. La preñada.
Noah no giró.
—¿Qué pasa con ella?
—Está muy apagada —respondió, e instintivamente se miró las manos—. No es s