Leah se dejó caer en el borde de la cama cuando la puerta se cerró.
No lloró de inmediato.
El cuerpo estaba cansado de hacerlo.
Miró la pared de piedra. La manta limpia. La ventana estrecha por donde entraba una franja de luz que no alcanzaba a tocarla del todo. No había barrotes. No había cadenas. Y aun así, el aire le oprimió como si los tuviera.
Había corrido.
Había sangrado.
Había suplicado protección divina.
Había dejado atrás el Oeste, los muros, las órdenes, la jaula dorada de Lucian.
Y