—Continúen con lo suyo —dijo Arnold con el rostro serio. Arem se hallaba más sorprendido que su padre.
Ezra cerró los ojos. El encanto se rompió.
(…)
Al día siguiente, le encargaron llevar unos frascos entre zonas de hierbas medicinales. Caminó con la cabeza gacha, mientras contaba los frascos mentalmente en un intento por mantener su cerebro ocupado. Esa madrugada, cuando llegó medio ebrio, su padre no le dijo nada. Era como si ya se hubiera resignado a su nuevo estilo de vida.
Ezra no sabía s