Las parteras recomendaron una planta supuestamente milagrosa que no solo lograría controlar los fuertes dolores de Leah, sino que retrasaría un poco más el parto.
Una de ellas, la más joven y asustadiza, se inclinó hacia la vidente y le preguntó —para confirmar— si ese lobo rubio y alto era el padre de su hijo.
—Sí, lo es.
Toda la preocupación de Leah se concentró en su hijo, tanto que decidió no indagar entre los chismes que, de seguro, la envolvían cual serpiente venenosa.
—Ahora entendemos t