Leah, con la lengua trabada y un escalofrío que le recorría la espalda, le contó absolutamente todo a Noah.
De nuevo, sus vidas dependían de la existencia de un cachorro. Uno que quizá costaría más engendrar que el propio.
Al apoyarse con la espalda en la pared y la cadera sobre la cama, recordó cada detalle frente a la Reina: desde su hermoso vestido rosa, ajustado a la cintura con adornos de piedras preciosas en el cuello, hasta las muecas que oscilaban entre la súplica y la ansiedad.
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