Leah palideció. De pronto, su boca se secó y sus manos temblaron alrededor del pequeño y cálido cuerpo de su hija.
—N-no, por favor —comenzó su súplica.
La Reina se aclaró la garganta, apretó los labios y, unos segundos después, abrió la boca.
—No hablaba en serio —dijo con voz débil.
Leah volvió sus ojos a ella, inspeccionó su rostro y solo encontró vergüenza.
—¿Qué? —dijo en un hilo de voz.
—Era una broma —prosiguió la Reina. Ahora era ella quien no sostenía la mirada de la vidente.
—¿De