Ella negó con la cabeza.
Recordó a la criatura preciosa y frágil que dormía en su cama. Ese hijo de puta la sometió como una prisionera, la humilló, la golpeó y no iba a dejar que le arrebatara a su cachorra. No mientras ella respirara.
Apretó los puños. Su pecho vibró con una furia guardada tras años y años de maltrato. Una presión invisible tiraba de sus entrañas, como si una bestia dormida despertara bajo su piel. Algo se estiraba en su interior, una línea delgada, tensa, al borde de romp