En una casa construida con piedra y madera fina, oculta entre las sombras del bosque espeso, Leila se aferraba al brazo de su compañero como si eso bastara para detenerlo.
—¡No! No lo hagas, por favor —suplicaba entre sollozos, sus uñas marcándole la piel—. No la lleves con él. Por favor…
Arnold tragó saliva, los colmillos al descubierto.
Apretaba la mandíbula como si pudiera contener el dolor. Creyó que decirlo en voz alta lo aliviaría, que ponerlo sobre la mesa lo haría más soportable. Pero