Noah no se detuvo. Ni siquiera quiso aparentar cordialidad.
—Digan lo que tengan que decir ahora. Aquí. No tengo nada que ocultar. Ni tiempo para dramas. —Su ropa estaba manchada de sangre y restos de visera de ogros.
Aurora apretó los labios, molesta. Conder, por su parte, mostró su aflicción, su angustia. Su miedo. Su dolor.
—Lamentamos el alboroto de hace unos días… —empezó entre dientes, con tono pausado—. Tu padre era como un hermano para mí. Su muerte me destrozó el corazón. Me dejó con