Noah no dijo nada.
Pasó un rato en silencio, hasta que se levantó de su lugar con la misma frialdad que lo caracterizaba.
Ordenó a todos salir a hacer guardia en los límites del territorio.
El intruso no daba rastros de seguir cerca de la manada, pero él no era de los que dejaban un cabo suelto. La vigilancia debía mantenerse. La precaución siempre iba primero.
Los días transcurrieron sin mayores sobresaltos.
Leah parecía más cómoda, aunque nunca dejaba de estar alerta, como si esperara que