La sangre aún flotaba en el aire. Las hojas temblaron cuando los pasos del Alfa Noah irrumpieron el jardín, seguido de una docena de guerreros con el rostro endurecido. El mundo pareció detenerse cuando lo vio: Ezra, el sanador, yacía inmóvil entre los brazos de su hija.
Noahlím tenía la cara manchada de sangre y lágrimas. El cuerpo de Ezra reposaba sobre sus piernas como una ofrenda rota.
—¡Papá! —gritó ella al verlo acercarse—. ¡Está muerto! ¡Murió por mí! Dio su vida por mí.
Noah se arrodill