—Cla-claro que sí, señor —se apuró en contestar el sanador y se apartó dos pasos de la hija del alfa. Sentía el aura peligrosa del consejero.
—Sáname —Cassian le extendió la mano. Su frente seguía sudada y su armadura ligera mostraba varias magulladuras, prueba de que el combate había sido brutal.
Entonces lo recordó. Ese hombre de ojos blanquecinos que, pese a las heridas, se levantaba una y otra vez con intención de hacerles daño. Ese “poseído”, como lo había llamado Noah. El enemigo al que e