Ante los ojos atónitos de la manada, la silueta de un cerdo desproporcionado se irguió sobre sus patas traseras, sus ojillos negros brillaron con una inteligencia antinatural.
Mehir dio tres pasos al frente.
—¡Me haré cargo! —exclamó. Pero antes de poder cumplir sus palabras, una figura grande y conocida corrió hacia el cerdo.
Todos observaron con atención. De verdad, asombrados. Ese joven guerrero, sin transformarse, acabó con el animal.
Ezra reconoció la figura. En batalla se veía much