Un espasmo familiar, húmedo y caliente, recorrió su vientre. Era la descarga final, la que siempre lo dejaba vacío, pero esta vez no llegó el alivio. Llegó el horror.
Cerró los ojos con fuerza. El éxtasis se pudría en su interior. El corazón golpeó contra sus costillas con un ritmo desquiciado. Entonces, esa voz aterciopelada y aterradora lo obligó a abrirlos.
Sin control sobre sus músculos, miró a la mujer. Lo que vio le heló la sangre en las venas.
Era una cabeza.
El cabello rubio, enmarañ