Un sollozo interrumpió el silencio.
—¡Cassian! —la voz quebrada de Ada atravesó el umbral como una ráfaga desesperada. La loba se abrió paso entre los cuerpos hasta llegar a la camilla. No pidió permiso. No esperó indicaciones.
Cayó de rodillas junto a su hijo. Lo abrazó con fuerza, casi con miedo de que su cuerpo desapareciera entre sus brazos. Le besó la frente, las mejillas, la nariz.
—Mi cachorro… mi vida… —murmuró sin soltarlo. Sus hombros temblaban y su mirada se perdió en el vacío al