Diego se sentó junto a Iker, cruzando las piernas, y lo miró con mucha ternura.
—Iker, eres un niño, los niños no deben llorar.
—Papá... —Iker soltó un repentino suspiro , con un tono de voz suave y triste.
Diego lo miró, observando las lágrimas colgando de sus pestañas y esa carita tan afligida, no pudo evitar sonreír con ternura.
—¿Me trajiste el huevo para que lo coma, verdad?
Diego sacó de la mochila los libros y juguetes que Iker había metido ahí sin querer.
—Sí, papá, porque sé que estás