Justo cuando Vera estaba furiosa, pensando que algo le había pasado a Camilo, la puerta de la biblioteca se abrió de repente.
Lidia entró en ese momento corriendo, como un torbellino, con cara de enojo y un toque de niña consentida:
—¡Abuela, mi hermano rompió mi pulsera!
Lidia hizo un ligero puchero y levantó su manita, mostrando con tristeza una pulsera delicada.
En realidad, no estaba rota, solo un poco sucia, y con lavarla quedaría realmente como nueva. Pero en sus ojos brillaban las lágrima