Camilo rara vez acudía al bar a relajarse, salvo cuando era estrictamente necesario.
Vestía una camisa blanca que acentuaba su porte, y su mirada, distante y reservada, no pasaba desapercibida. Varias jóvenes lo observaron, tentadas a acercarse y ofrecerle una copa, pero su presencia tan enigmática las desanimó.
El saco de su traje descansaba despreocupadamente sobre la barra, como si no tuviera prisa en seguir el flujo del tiempo.
—Señor Camilo, ¿qué lo trae a usted por aquí a estas horas? ¿Ser