En cuanto entraron a la suite del hotel, Verónica no pudo contenerse más. Rompió en llanto, caminando de un lado a otro de la sala con las manos en la cabeza. Estaba completamente desesperada, con los nervios destrozados tras la intensa jornada en los tribunales.
—¡No puedo creerlo, Mauricio! ¡Un mes! —gritó Verónica, con la voz quebrada por la impotencia—. ¡Es una eternidad! No puedo creer que tenga que esperar treinta días más para limpiar mi nombre de todas las porquerías que dijo Rodrigo,