Rodrigo se reclinó en su asiento con la suficiencia de quien se sabe dueño de la situación. Clavó sus ojos oscuros en la hermosa rubia y comenzó a darle las instrucciones precisas de lo que debía hacer. Cada palabra salía de su boca con una frialdad matemática: cómo acercarse, dónde interceptar a su objetivo y la mentira exacta que debía sembrar para destruir la reputación del hombre que odiaba. El plan era perfecto y no admitía errores.
La mujer escuchó con atención, jugando con el borde de