Los días comenzaron a correr con la velocidad de un tren sin frenos. El tic tac del reloj se convertía en una tortura psicológica para ambos bandos, pues la fecha del juicio definitivo estaba cada vez más cerca. En el búnker improvisado de la suite de hotel, Mauricio trabajaba sin descanso, pasando noches enteras frente a la computadora, rodeado de tazas de café amargo y carpetas judiciales.
El brillante abogado estaba obsesionado con un objetivo claro: demostrar ante el nuevo tribunal que Ro