La paz, cuando llega tras una tempestad devastadora, suele sentirse extraña, casi irreal. En el palacio real de la capital, el bullicio de los nobles y los antiguos sirvientes conspiradores había sido reemplazado por el sobrio ir y venir de los guardias de la casa de Acasias y la servidumbre leal al rey Lamderson. Los estandartes con el viejo león bordado en oro volvían a ondear en los muros, pero el aire dentro de la fortaleza aún conservaba el olor a humo y a humedad de las jornadas oscuras.