—¡No! ¡Suéltenme! ¡Soy la reina! —gritaba Marié mientras los guardias la sujetaban con cadenas pesadas y la arrastraban fuera del salón, sus alaridos reduciéndose a un eco distante a medida que la descendían a las profundidades de la tierra.
El sol comenzaba a despuntar en el horizonte, tiñendo el cielo de un rojo violáceo que presagiaba el fin de una noche interminable. En el patio del palacio, un escuadrón de veinte caballeros montados esperaba la orden de partida.
Selena vestía una armad