El amor ciega y nos hace cometer errores. Errores destructivos y gigantescos, de esos que te marcan la piel y te rompen el corazón en mil pedazos. Pero cuando estás metida en el huracán, simplemente no lo quieres ver.
Diego llegó a la casa de su padre con los nervios destrozados, buscando respuestas o tal vez una tregua en medio de tanta culpa. Entró a la sala con paso firme, pero en lugar de su padre, se encontró con su hermano menor.
-¡Papá! -llamó Diego, mirando hacia las escaleras.