Daniel se sentía convencido de la validez de sus palabras, y al instante vio a Marc asentir, aunque sin entusiasmo: —Bien dicho.
Justo cuando se sintió aliviado, Marc frunció el ceño y apagó la colilla de su cigarrillo: —Te romperé una pierna, y aquí se acaba el asunto.
—¿¿¿Qué???
Desesperado, Daniel se lanzó a abrazar su pierna, suplicando:
—¡Señor Romero, me equivoqué! No debí dejarme llevar. ¡Por favor, déjame ir!
La herida de su pierna de la última vez en la Ciudad de Porcelana aún no había