La mansión de la familia Vargas era majestuosa, impregnada de sofisticación y antigüedad en cada rincón.
Era evidente que había pasado de generación en generación. Aunque la fachada había sido renovada, el interior conservaba el encanto de su historia.
Contrario a lo que imaginaba, no hay ostentación. Incluso un jarrón de cerámica en una esquina, una auténtica reliquia, estaba valorado en más de un millón.
Mateo, con su andar relajado y las manos en los bolsillos, nos guía sin prisa.
Atravesamos