La mayoría llamaba a la puerta con dos golpes cortos y uno largo, o viceversa.
Pero quien estaba afuera tenía su propio estilo: ¡Toc, toc, toc! ¡Toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc!
¡Toc, toc, toc! ¡Toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc!
¡Toc, toc! ¡Toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc!
Y así seguía, con una melodía que me sonaba de la infancia.
Pero eso no mejoró mi mal humor matutino.
Me puse las pantuflas y salí de la habitación. Al abrir la puerta, encontré a Mateo, con una sudadera holgada y el cabe