Ya somos adultos, y después de la conversación que tuvimos hace unos días, entendía perfectamente lo que significaban sus atenciones y amabilidades.
No sabía cómo reaccionar.
Ese día ya dije lo que debía.
Rechazarlo repetidamente solo generaría incomodidad, y al final, podríamos ni siquiera seguir siendo amigos.
Enzo dudó un instante: —Delia, ¿te he puesto en una situación incómoda?
Apreté los palillos. Antes de que pudiera contestar, añadió, pensativo: —Te dije que no hace falta que respondas n