—Vaya… ¡Sí que se parecen bastante! —exclamó ella.
Olaia miró hacia donde yo le señalaba y también estaba de acuerdo conmigo. Con expresión emocionada me propuso:
—¡Rápido, vamos!
Ella se desabrochó el cinturón y salió del carro a toda prisa.
Yo la seguí de cerca, entrando juntas al vestíbulo del hotel.
Pero, ya no sabía adónde se había ido.
Nos acercamos al mostrador de recepción y Olaia habló con voz suave:
—Disculpe, señorita, ¿aquella pareja que acaba de entrar, eran muy diferentes en edad?