Raymond llegó del trabajo con el cansancio reflejado en el rostro. Dejó las llaves sobre la mesa y, mientras se desabotonaba el saco, subió las escaleras con paso tranquilo, aunque en el fondo lo movía una ligera inquietud. Al abrir la puerta de la habitación, se encontró con Ámbar, quien lo recibió.
—Me contó mi tío que la audiencia se suspendió —resaltó Raymond después de saludarla brevemente.
Ámbar primero levantó la vista, y luego bajó la mirada con un suspiro que parecía arrastrar todo la