Al caer la noche, Raymond regresó a la mansión con el cansancio aferrado a los hombros. Cruzó el umbral y el silencio del lugar lo envolvió, hasta que una voz femenina quebró la quietud.
—Raymond.
El sonido de su nombre, pronunciado con suavidad, lo detuvo justo cuando estaba a punto de subir las escaleras. Instintivamente, retrocedió un paso y giró el rostro hacia la fuente de aquella llamada. Allí estaba Layla, recostada contra el marco de la puerta del salón, siendo su silueta delineada por