Finalmente, después de una espera que se le hizo eterna, Raymond vio salir al médico de la sala de emergencias. Apenas lo vio aparecer, se apresuró hacia él.
—¿Cómo está mi esposa? —preguntó, sin poder ocultar el miedo que lo dominaba—. ¿Y mi hijo? ¿Mi hijo está bien?
—Su esposa ya está fuera de peligro, señor Schubert. Y su hijo también se encuentra bien —expuso el médico.
Raymond exhaló profundamente, como si el peso del mundo se le escurriera lentamente de los hombros. La angustia no desapar