C236: No es tu culpa.
Ámbar acababa de acomodar a su hijo en la cuna y lo observó unos segundos, comprobando que dormía profundamente, cuando percibió la presencia de Raymond en la habitación. Al girarse hacia él, notó algo distinto en su expresión: su semblante estaba sombrío y tenía la mirada inquieta, como si cargara un peso demasiado grande.
Avanzó unos pasos en su dirección, preocupada por aquel silencio extraño, y le habló con suavidad.
—¿Qué ocurre? —preguntó—. ¿Pasó algo?
Raymond no respondió. La miró con un