Vidal permaneció quieto, sin avanzar un centímetro. Su mente se negaba a procesar la figura que tenía delante. Era como observar un reflejo deformado de algo que conocía demasiado bien, un espejismo perturbador que su razón rechazaba aun antes de comprenderlo por completo.
Cada rasgo, cada movimiento, cada sombra parecía arrastrar consigo un recuerdo involuntario que lo desconcertaba más y más. Le resultaba imposible decidir si lo que contemplaba era real o una ilusión nacida del agotamiento y del alcohol que aún circulaba por su sangre.
Alaska dio unos pasos más hacia él, pasos suaves, casi estudiados, dando la impresión de haberlos ensayado frente a un espejo. Ese detalle, ínfimo pero evidente, encendió en Vidal una alarma muda. Ella nunca caminaba así; nunca mantenía esa postura tan delicada, ni aquella expresión templada que ahora intentaba sostener.
Parecía que una versión distinta de ella había tomado su lugar, una versión más pulida, más estilizada, más… distinta. Lo que veía n