Vidal permaneció quieto, sin avanzar un centímetro. Su mente se negaba a procesar la figura que tenía delante. Era como observar un reflejo deformado de algo que conocía demasiado bien, un espejismo perturbador que su razón rechazaba aun antes de comprenderlo por completo.
Cada rasgo, cada movimiento, cada sombra parecía arrastrar consigo un recuerdo involuntario que lo desconcertaba más y más. Le resultaba imposible decidir si lo que contemplaba era real o una ilusión nacida del agotamiento y