Las fotografías que habían capturado a Vidal Benaroch y a Raymond Schubert intercambiando puñetazos en pleno parque se propagaron con una rapidez casi vertiginosa. Ese era el verdadero alcance de las redes sociales: bastaban unos minutos para que una imagen se convirtiera en un mensaje viral, replicado por decenas de usuarios que, sin conocer el trasfondo, se apresuraban a comentar, juzgar y especular.
En cuestión de minutos, la escena del altercado estaba en los teléfonos de miles de personas. Los nombres de ambos hombres aparecían vinculados entre sí, acompañados de etiquetas, comentarios incisivos y teorías cada vez más extravagantes.
Lo que más estimuló la imaginación pública fue la silueta nítida de Ámbar en segundo plano. Aquella simple aparición desató una cascada de suposiciones. ¿Se estaban peleando por ella? ¿Era un conflicto sentimental? ¿Una disputa no resuelta?
Para la multitud, la respuesta parecía evidente. Y lo cierto era que, aunque desconocían los matices íntimos del