Mundo ficciónIniciar sesiónEl día número tres después de conocer a mi lindo padrecito fue un domingo. Justo el día de misa, esa a la que siempre faltaba porque me daba pereza madrugar para pasar media mañana escuchando los sermones aburridos del antiguo padre Eustaquio.
Pero ese domingo era distinto. La noche anterior no olvidé poner la alarma para que sonara a las cinco en punto de la mañana. Gracias a eso, ya estaba lista una hora antes de lo acordado, esperando a que mi madre saliera de su habitación. Imaginaba verla con la pañoleta violeta que solía llevar en la cabeza, esa que la hacía parecer tan distinguida, y su Biblia en la mano, como todas las señoras católicas del pueblo. Para mantenerme despierta, abrí un poco la puerta de mi habitación, inquieta. El corazón me latía con fuerza; las manos me sudaban. Todo mi cuerpo estaba revuelto a pesar de estar quieta, sentada como una niña obediente en la esquina de la cama, a la cual esa mañana la había vestido con sábanas de estampados de unicornios. —¡Ahhh, qué emoción! —expresé en voz baja, un poco agitada—. Ya sal, mamá —dije luego en voz alta, al volver a mirar el reloj y notar que seguía demorándose. Golpeé el piso suavemente con el pie cuando la aguja volvió a moverse. —Ni modo… me tocará irme sola. Decidida, fui hasta el tocador. Tomé mi colonia favorita y la rocié por todo el cuerpo. Quería que cuando el padrecito estuviera cerca de mí, comprobara que olía rico. Después de eso, tomé mi mejor cartera. Como bien decía mi tía; una señorita respetable debía llevar siempre una. Además, le daba un toque interesante a cualquier atuendo. Avance a la puerta de salida dispuesta a todo. Para mí sorpresa y felicidad; apenas puse un pie en el pasillo ví a mi madre salir de la habitación de mi tía, con su habitual atuendo de los domingos y cara de apuros. —¡Se nos hace tarde hermana! —La escuché gritar, justo antes de que girara el rostro y me viera con cara de sorpresa. —¿Qué haces despierta ha está hora Carmen?. —« La pregunta que no podía faltar acababa de llegar. » Pensé, mientras mis labios afloraban una mueca que solo se me dibujaba cuando no sabía que decir o cuando necesitaba tiempo para justificarme con algún invento nuevo. —Ah. —Mi lengua se quedó a medio camino. —Dime, ¿A dónde vas tan bonita, hija mía?—Esa vez si sonreí con sinceridad, me gustaba que me dieran halagos. —Para la iglesia, quede en juntarme con Lulú allá. De inmediato fue notable la expresión de duda en el rostro de mi madre. No me respondió al instante; primero volvió la mirada hacia el interior de la habitación de mi tía, quien aún no terminaba de salir. —¡Margot, por favor, date prisa! —Hablo alto, a pesar de su voz llegarme, como un susurro mandon. Antes de que mi madre volviera a centrar su atención en mí, cerré la puerta con cuidado y comencé a acercarme. —Mami, mejor vámonos ya para la iglesia —le pedí emocionada. Sentía un floreteo loco en el estómago porque pronto volvería a ver a mi padrecito lindo, ese de ojos de ángel. «¡Qué feliz estoy!», grité por dentro. —Desde hoy creeré más en los milagros imposibles. Tú, un domingo en la iglesia… y tu tía también —dijo mi madre con ironía. Señaló a esta última justo cuando salía de la recámara con un vestido de leotardo, bastante ajustado a su cuerpo.—¿Y esto qué es? —preguntó mamá, incapaz de disimular el espanto. Nunca supo ocultar su disgusto, sobre todo cuando se trataba de los atuendos fabulosos de mi tía. —Estás muy linda, tía —me adelanté a decir, lanzándome a dar cumplidos antes de que la expresión de mi madre la hiciera sentir mal. —Gracias, Carmelina de mi vida. Tú sí sabes lo que es glamour —respondió ella, guiñándome un ojo. Asentí con una sonrisa, mientras mi tía giraba ligeramente sobre sí misma. No dudé en retroceder un par de pasos para apreciar mejor su look. El vestido le quedaba por debajo de las rodillas; no era tan escotado como los que solía usar. Yo la veía muy decente. Además, resaltaban sus tacones rojos y el labial a juego, como si todo hubiera sido planeado. Mi madre, en cambio, parecía desencajada. Tragaba aire, tal vez para contener su incomodidad… o las ganas de reprenderla. —Qué bueno que vayas a la iglesia, tía —añadí con entusiasmo—. Así les enseñas de moda a las señoras católicas de este pueblito. Esa vez, al parecer, me pasé un poco. Mi tía apretó los labios y, con un juego rápido de ojos, señaló a mi madre, que ya se alejaba de nosotras mientras se sobaba la sien con una mano. —Las espero en la cocina —expresó con voz autoritaria antes de doblar por el pasillo y desaparecer de nuestra vista. —Mejor vayamos —me sugirió mi tía en voz baja—. Las mujeres cuando no fornican, suelen ponerse de mal humor por todo. Debemos ser buenas y consideradas con ella. Sabía que se refería a mi madre, aunque no entendía bien el mensaje. —¿Qué es fornican? —le pregunté mientras caminábamos por el estrecho pasillo, despacio… Mi tía siempre decía que solo las mujeres feas caminaban rápido; las lindas debíamos hacerlo con calma elegante —. Dime, por favor, tía… ¿dijiste algo malo de mi madre? —¡Jamás! — Me sacudió con poco su tono de voz, así como su forma de levantar las pupilas. —Sabes que solo tengo pensamientos buenos para ustedes. —Entonces dime qué significa. —Me puse ansiosa por saber, después que salimos del pasillo y logré alcanzar a ver a mi madre preparando café. —Significa... fornicar —Mi tía miro en dirección a mi madre, cuando está no parecía estar mirando, me susurro al oído. —Fornicar es sinónimo de embriagarse, pero siempre que sea con vino. —No me pareció muy lógico, aunque tampoco dudaba que fuera verdad, mi tía era muy inteligente. —Que sea nuestro secreto. —Me pidio algo nerviosa, mientras introducía una goma de mascar en su boca. Volví a mirar a mi madre, al confirmar que seguia de espalda le contesté seguido. —Entiendo tía. Gracias por decirme. Mi mamá me regañaría feo si supiera lo mucho que he fornicado... es muy rico. —Le dije con tono divertido. —Hace un mes le robe vino al viejo padre... si vieras todas las botellas que hay en su casa. Lulú me ayudó. —Añadí, siendo la primera vez que le confesaba esa travesura. Aunque termine tapándome los labios, me sentí mal por haber mencionado a mi mejor amiga. —No hay problema. Es nuestro secreto. Solo no lo repitas. —Esta, me lo pidió algo sería. Después se alejo para ir a reunirse con mi madre en la cocina. Me quedé en el umbral del ventanal amplio que dividía el comedor de la cocina. Aparentemente relajada, aunque un poco confundida: tanto por la palabra "fornicar" como por el hecho de que mi tía, por primera vez, fuera a la iglesia esa mañana, cuando antes solía decir que ese lugar era para mujeres frígidas… o mal cogidas. Como mi madre, que aún sufría por la muerte de mi padre. Respiré profundo, zapateé un poco sobre el suelo y, por último, observé el reloj de pared que colgaba sobre la puerta principal. —Aún tenemos tiempo de sobra —susurré, mientras el aroma del café se esparcía por toda la casa—. Que pase rápido… quiero ver a mi novio hermoso. —¡Hija! —el llamado de mi madre me bajó de las nubes. —Aquí estoy —respondí, acercándome a ellas—. ¿Ya nos vamos? —estaban tan calmadas que me resultaba cansón verlas tomar café despacio, como si el tiempo no fuera importante. —Sí, aunque todavía tienes tiempo de desayunar —señaló unas tostadas dentro de un bol—. Te puedo esperar diez minutos. —No, prefiero ayunar. —No queria comida... quería ver al padrecito y que me pusiera la galletita en la boca. —Al menos hasta que tome la hostia. —Añadí para ser más específica. —Entonces andando. Al parecer hoy es un domingo milagroso. —Mi madre lo dijo con un doble sentido, como si no creyera lo que estaba pasando. A mi no me importo, a mi tía menos... Una hora después las tres caminábamos con suavidad por las aceras rústicas del pueblo de Zanoc, polvoriento y con casa pintorescas. Nuestra hermosa casa estaba cerca de la iglesia... por esa razón mi madre no mostró prisa. La que si se quedaba siempre unos metros atrás gracias a sus enormes tacos era mi tía Morgana. —¡Ay Diablos! —A cada segundo gritaba el nombre del innombrable, como le decía mi madre. —Corrige el lenguaje, hermana. —Atendió a decirle con paciencia, cuando nos detuvimos en los límites de una esquina a esperarla. —¿Cómo se te ocurre venir en tacos? Y ¡fuaaa!, volvió a caer la punta de su tacón izquierdo en otro hoyo. —¡Mierda! maldito alcalde. Cuando mi tía volvió a gritar, miré a mamá tomar un poco de aire, como armándose de paciencia. Luego observé a mi pobre tía, obligada a detenerse para recuperar el equilibrio, mientras algunas personas pasaban y la miraban con un interés nada discreto. —Carmelina, ayuda a tu tía, de lo contrario nunca llegaremos —ordenó mamá.«Eso jamás», pensé al instante. Lo que más deseaba era llegar a la iglesia, cuya fachada ya podía distinguir a lo lejos.—Anda, hija, las espero allá. Yo sí debo llegar a tiempo. Asentí con obediencia. No esperé a que mi tía terminara de estabilizarse del todo; fui hasta ella y le tomé la mano para ayudarla a mantenerse firme. A la distancia vi la silueta de mi madre alejarse. Caminaba con tanta prisa que parecía huir de nosotras, aunque sabía que más bien escapaba de mi tía. Al salir a la claridad, tanto mi madre como yo notamos que sus tangas rojas se veía con claridad por debajo del vestido. Quise advertirle, pero mamá me advirtió que no serviría de nada. Según ella, la tía Morgana lo hacía a propósito. —Tal parece que va corriendo como lo hacen las feas. —comentó mi tía, divertida. No respondí. Solo la sostuve hasta que por fin estuvimos frente a la iglesia… y note varios hombres detrás de nosotras con la mirada fija en ella. —Esos hombres te están viendo como enfermos, tía —le susurré. —Esa es la idea —sonrió con descaro. Entonces fue ella quien me tomó de la mano y me arrastró hacia el interior. —Vamos, Carmelina. Los estoy ayudando a sacar sus demonios. Caminé a su lado mientras los murmullos comenzaban a brotar como un coro incómodo. Por culpa de esas voces mis ojos se volvieron torpes; ya no sabía dónde mirar ni cómo sostener la cabeza. —¡Dios! Esto es divino —exclamó mi tía con entusiasmo. —Sí… la iglesia es bonita —respondí, cuando nos sentamos en uno de los bancos más cercanos al púlpito y noté que ella seguía mirando hacia atrás. —No hablo de la iglesia —aclaró—, aunque debo admitir que está decente. Me quedé suspendida en el aire, a punto de abrir la boca para preguntarle a qué se refería. No estaba entendiendo nada. Además, el coro de iniciación había comenzado. Eso bastó para hacerme olvidar cualquier intención de hablar, incluso de replicar como mi tía. Al girar el rostro, noté que el padrecito ya se encontraba en la puerta principal. Todos nos pusimos de pie. Mi amor empezó a avanzar detrás del crucifijo y los ciriales, mientras el coro entonaba el himno de entrada. Suspiré cuando estuvo más cerca de mí. Sus ojos, tan azules, me quemaron con algo que reconocí como deseo… o tal vez era yo quien lo miraba así, por eso sus labios se curvaron apenas, en una tentativa peligrosa, casi pecaminosa. «¡Tan divino!», gritó mi alma, mi ser entero, agitado dentro del pecho. —¿Es él? —preguntó mi tía sin tardanza. —Sí —le respondí con sinceridad cuando volvimos a sentarnos—. Es mío, tía. —Como digas. Si alguien me preguntara qué dijo el padre durante el sermón, no sabría qué contestar. En todo momento me quedé observándolo, sin escucharlo. Ya amaba su voz, y aún más la idea de que con esa voz tan varonil me dijera que me amaba… a mí, a primera vista. Seguí cada movimiento de sus labios: cuando se sentaba, cuando se levantaba para profundizar en su mensaje, cuando hacía una pausa. Por su culpa, ni siquiera presté atención cuando mi madre subió al púlpito a leer un salmo. Creo. Reaccioné solo cuando llegó el momento de la ofrenda, luego cuando todos se pusieron de pie para formar la fila para comulgar, dejé atrás a mi tía, aunque no entendía por qué pensaba hacer la fila si ni siquiera estaba bautizada. Conté a cada persona delante de mí antes de que llegara mi turno. Eran catorce… luego diez… siete… tres… dos… Uno. ¡Yo! —Pequeña. —Ese llamado suave encendió más la llama que ya me tenía prendida en fuego. Me quedé tan quieta, no era lo mismo estar frente a él, con sus ojos llamándome a poquita distancia. Al mirar sus labios se me hizo agua la boca, ni hablar de mi cosita. —Padrecito. —Musite temblando, mientras me acercaba en cámara lenta más a él, para comulgar. Me lami los labios cuando lo ví levantar la hostia, aunque en verdad solo lo veía a él. —El cuerpo de cristo. —dijo con su voz firme, grave, demasiado cercana. Sus dedos rozaron los míos al entregarme la hostia. Fue un contacto breve, casi inexistente… y aun así me estremeció tan fuerte que casi me parte en dos de deseo. —Amén —respondí, aunque mi voz salió más baja de lo normal. Abri los labios, cerré los ojos para que lo dejara sobre mi lengua. Toque el cielo al asomo de su sexi olor, cuando sus largos dedos estuvieron muy cerquita de mi rostro. —Niña, ya vete. —La voz fea de una mujer fue lo que me hizo caer en tiempo y espacio. No dejé de mirarlo al girarme. Sentía sus ojos clavados en mi espalda, o tal vez era solo mi deseo inventándolo. Apreté la hostia entre los labios con cuidado, como si ese gesto tuviera un significado distinto, más íntimo, más peligroso. Regresé a mi asiento con el corazón desbocado. No entendía por que sentía esa necesidad tan fuerte. Me arrodillé, junté las manos y cerré los ojos. Fingí rezar. Fingí. Porque lo único que vi fue su boca pronunciando palabras sagradas, mientras mi mente las convertía en otras, prohibidas, dichas solo para mí. «Esto está mal», pensé. Pero no me arrepentí. Quería pecar, enterrarlo dentro de mi. Cuando abrí los ojos, lo busqué de nuevo. Él ya estaba continuando la misa, ajeno para todos… menos para mí. Y supe, en ese instante, que ya no había marcha atrás. El padrecito sería mío.






