La cercanía de Evelyn era un bálsamo para mi alma herida. El roce de sus labios contra los míos, aunque breve, había encendido una chispa de esperanza en la oscuridad que nos envolvía. La abracé con suavidad, atrayéndola hacia mí hasta que su cuerpo se acopló al mío. Sentir su calor, su fragilidad, despertó en mí una oleada de ternura protectora.
—Quédate conmigo, Evelyn —susurré contra su cabello, aspirando su aroma suave y familiar—. Permíteme amarte de verdad, sin sombras ni secretos.
Ella