Ecos en la penumbra
La noche nos recibió con un silencio que pesaba en el aire, un manto oscuro que parecía absorber cada sonido, cada movimiento. Caminábamos por calles vacías, con las luces de faroles parpadeando y proyectando sombras largas y quebradas a nuestro alrededor. El frío mordía la piel, pero nada de eso importaba; lo único que tenía sentido era la presencia de Ana a mi lado, su mano aferrada a la mía como un ancla.
—¿Crees que realmente existan rituales que puedan romper el vínculo