La sombra que acecha
La mañana después del ritual amaneció gris, como si el cielo se negara a iluminar el mundo después de la noche que habíamos vivido. El frío persistía, pero esta vez era un frío distinto, uno que no solo helaba la piel sino que calaba hasta los huesos.
Ana no había dormido. Lo noté en sus ojos, en las ojeras que marcaban su rostro pálido y en la manera en que apretaba la libreta contra su pecho mientras caminábamos hacia el instituto. Yo sentía una tensión en el aire, una pr