El primer síntoma no fue el dolor.
Fue el frío.
Un frío que no venía del ambiente, sino de dentro, como si algo se hubiese apagado de golpe en el centro de su cuerpo. Serena se incorporó bruscamente en la cama, el pecho subiendo y bajando con dificultad, la respiración irregular, desacompasada.
—No… no ahora… —susurró, llevándose la mano al vientre.
La habitación estaba en penumbra. Solo una lámpara encendida en la esquina, olvidada a propósito para que no se sintiera sola. Afuera, la fortaleza