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capitulo 9: la ambición machada de sangre

Verónica estaba feliz con su embarazo. Para ella, ese bebé representaba la oportunidad de tener la vida que siempre soñó: salir de la pobreza y convertirse en la mujer de Fernando, dándole el heredero que tanto había buscado junto a Isabella.

Aunque todo parecía haber salido perfecto, había alguien que seguía siendo una piedra en su camino: Alice. La madre de Fernando jamás aceptó a Verónica por su origen humilde. Para ella, la joven no era más que una simple sirvienta que había logrado embarazarse de su hijo. Lo único que le importaba era el bebé que venía en camino, pues así el legado de los Avalot continuaría.

Aquello se convirtió en un problema para Verónica. Sabía que, mientras Alice siguiera cerca, nunca tendría el control total de la fortuna ni del corazón de Fernando. Por eso comenzó a pensar que debía deshacerse de ella, tal como había hecho con Isabella.

Mientras tanto, Isabella llegó a su apartamento destrozada por el dolor. Después de toda una vida junto a Fernando, él la había traicionado con la empleada de la casa.

—Me cambió por ella… por la sirvienta —susurró entre lágrimas—. Es algo imperdonable.

Sin embargo, en el fondo, la culpa también la consumía. No había podido darle hijos a Fernando y, durante años, lo dejó solo en aquella mansión, sin imaginar que Verónica aprovecharía cada instante para meterse en su vida.

Por otro lado, Verónica ya se acomodaba en su nueva casa llena de lujos, sintiéndose la dueña absoluta de todo. Caminaba por aquellas enormes habitaciones con una sonrisa de satisfacción, imaginando el futuro que siempre había deseado. Pero sabía que no podía descuidarse. Debía lograr que Fernando se enamorara aún más de ella y, al mismo tiempo, alejarlo de su madre.

Los días pasaron y Alice no dejaba de humillarla.

—Nunca dejarás de ser una simple sirvienta —le repetía con desprecio—. Cuando nazca ese niño, veremos qué lugar ocupas realmente en esta familia.

Aquellas palabras llenaban a Verónica de rabia. Cada insulto aumentaba su odio y fortalecía una peligrosa idea en su mente. Poco a poco comenzó a tramar un plan contra Alice, uno que la sacara definitivamente de su camino para quedarse con todo lo que Fernando poseía

Verónica comenzó a poner en marcha un plan malévolo para deshacerse de Alice y así tener el camino libre para manipular a Fernando a su antojo utilizando su embarazo.

Aquella mañana salió de la mansión fingiendo tranquilidad, pero en realidad tenía un solo objetivo: investigar cada movimiento de Alice. Durante días observó sus horarios, las rutas que tomaba y los lugares que frecuentaba. No quería dejar ningún detalle al azar.

Cuando creyó tener todo perfectamente calculado, aprovechó un momento en el que nadie la vigilaba para acercarse al automóvil de Alice. Con manos temblorosas, pero decididas, manipuló una parte del vehículo con la intención de provocar un accidente fatal. Para Verónica, aquella era la única forma de deshacerse de la mujer que constantemente la humillaba y amenazaba con quitarle todo.

—Después de esto, nadie volverá a interponerse entre Fernando y yo —murmuró con una fría sonrisa.

Horas más tarde, mientras Fernando se encontraba en su oficina, su teléfono sonó inesperadamente. Al contestar, su rostro cambió por completo.

—¿Qué está diciendo?... No… eso no puede ser verdad…

Del otro lado de la línea le informaban que Alice había sufrido un terrible accidente automovilístico.

Fernando sintió que el mundo se le venía abajo. Sin perder tiempo, salió desesperado hacia el hospital, mientras Verónica fingía preocupación frente a todos los empleados de la mansión.

Por dentro, sin embargo, una oscura satisfacción comenzaba a apoderarse de ella. Creía que, por fin, el camino estaba libre para convertirse en la verdadera dueña de la familia Avalot.

Fernando llegó al hospital con la esperanza de que su madre estuviera bien. Lo que jamás imaginó fue encontrarse con la devastadora noticia de que Alicia ya no estaba con vida. Aquellas palabras le atravesaron el corazón como un puñal, haciéndolo caer de rodillas mientras el dolor lo consumía por completo.

En ese momento, Verónica entró fingiendo preocupación. Lágrimas falsas corrían por su rostro, aparentando tristeza, aunque por dentro se sentía satisfecha. Alicia siempre la había menospreciado por ser una simple sirvienta, y ahora ya no estaba para interponerse en sus planes.

Poco después, Isabella llegó al hospital con la intención de consolar a Fernando, pero Verónica, al verla, se interpuso inmediatamente en su camino.

—¿Qué haces aquí? —preguntó con desprecio—.

Tú ya no perteneces a esta familia. Desde ahora, yo seré la señora de la casa, porque sí pude darle a Fernando el hijo que siempre quiso… algo que tú nunca pudiste darle.

Aquellas palabras hirieron profundamente a Isabella, pero ella se negó a derrumbarse frente a Verónica.

—Voy a encontrar la manera de que Fernando abra los ojos —respondió con firmeza—

Él descubrirá quién eres en realidad: una mujer ambiciosa, capaz de hacer cualquier cosa por quedarse con su dinero y con todo lo que posee.

Verónica sonrió con arrogancia.

—Nadie va a creerte —contestó con seguridad—. Tú ya no eres nadie en la vida de Fernando.

Con el corazón lleno de tristeza e impotencia, Isabella salió del hospital sin poder hablar con Fernando. Sin embargo, mientras se alejaba, hizo una promesa silenciosa: no descansaría hasta desenmascarar a Verónica y mostrarles a todos lo malvada, manipuladora y calculadora que realmente era.

El día del entierro de Alicia, miles de personas cercanas a la familia asistieron para darle el último adiós y mostrarle su apoyo a Fernando en uno de los momentos más dolorosos de su vida. Entre los asistentes también estaba Isabella, escondida entre la multitud para evitar que Verónica la expulsara nuevamente, como lo había hecho en el hospital.

La ceremonia estuvo llena de tristeza y silencio. Fernando permanecía destrozado frente al ataúd de su madre, mientras Verónica fingía ser la mujer perfecta a su lado, aparentando dolor y preocupación ante todos.

Cuando la mayoría de los invitados comenzó a retirarse, Verónica le dijo a Fernando que quería quedarse un momento más para despedirse de Alicia. Él, agotado emocionalmente, aceptó sin sospechar nada.

Apenas se quedó sola frente al ataúd, el rostro de Verónica cambió por completo. Con una sonrisa fría y llena de desprecio, se acercó lentamente.

—Todo esto pasó por tu culpa —susurró

mientras miraba el cuerpo de Alicia—. Por

interponerte entre Fernando y yo, por menospreciarme y tratarme como una simple sirvienta. Tú provocaste tu propio accidente… y me alegra que estés muerta.

Lo que Verónica no sabía era que Isabella había escuchado cada una de sus palabras desde la distancia. La rabia y la indignación invadieron su corazón, pero decidió no actuar de inmediato. Sabía que necesitaba reunir pruebas suficientes para desenmascararla y acabar con ella de una vez por todas.

Los días pasaron y, tiempo después, Verónica dio a luz a un hermoso niño al que llamaron Fernando, igual que su padre. Al verlo por primera vez, Fernando sintió una felicidad que hacía mucho tiempo no experimentaba. Aquel niño representaba al heredero que tanto habían deseado sus padres y tenía la esperanza de continuar con el legado de la familia Avalot.

Lleno de emoción, Fernando tomó la mano de Verónica y le prometió que se casaría con ella para que, por fin, pudiera llevar oficialmente el apellido Avalot.

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