Capítulo 7: Solo Es El Inicio

El aire en la mansión Avalot se había vuelto denso, cargado de una electricidad que amenazaba con incinerarlo todo al menor roce. Habían pasado seis semanas desde la noche en la biblioteca, seis semanas en las que Verónica había dejado de ser una simple empleada para convertirse en un fantasma que acechaba los deseos y los miedos de Fernando.

​Verónica se encontraba en su habitación, observando su reflejo en el espejo. Su piel blanca parecía tener un brillo distinto, y aunque todavía era pronto para que su cuerpo cambiara, ella lo sentía. Sentía esa presencia minúscula reclamando espacio en su vientre. La náusea matutina que había intentado ocultar con una disciplina de hierro era la confirmación de su victoria. Había cumplido su parte del trato.

​—Lo logramos —susurró, acariciando su abdomen con dedos temblorosos—. Ya no eres una Mora. Eres un Avalot.

​Pero la victoria sabía a ceniza cuando recordaba los ojos de Isabella. La esposa de Fernando se estaba marchitando. Isabella, en su desesperación por recuperar la atención de su marido, había comenzado a tratar a Verónica con una amabilidad patética, regalándole vestidos viejos y confesándole sus secretos, sin saber que estaba alimentando a la mujer que acababa de robarle el futuro.

​Esa mañana, el drama estalló.

​Fernando e Isabella estaban en el comedor principal. El desayuno era una ceremonia de silencios cortantes hasta que Isabella, con la voz quebrada, lanzó una bomba.

​—He contactado a una clínica en Suiza, Fernando —dijo ella, apretando una servilleta de lino—. Dicen que hay un tratamiento experimental. Es nuestra última oportunidad. Solo necesito que me acompañes, que estemos juntos en esto.

​Fernando dejó la taza de café con una fuerza que hizo vibrar la vajilla de porcelana. Sus ojos verdes, antes llenos de adoración por su esposa, ahora solo mostraban una impaciencia cruel.

​—Basta, Isabella. Ya hemos pasado por esto diez veces. No voy a viajar a Suiza para otra decepción —sentenció él, levantándose de la mesa.

​—¡Es por nuestro hijo! ¡Por tu heredero! —gritó ella, poniéndose en pie, con las lágrimas rodando por sus mejillas rubias.

​—¡No habrá un hijo tuyo, Isabella! ¡Acéptalo de una vez! —rugió Fernando, perdiendo el control.

​Verónica, que estaba en el pasillo lateral fingiendo limpiar unas molduras, vio el momento exacto en que el corazón de Isabella se rompió. Pero también vio la sombra de Alice de Avalot aparecer al final del corredor. La matriarca no miraba a su nuera con lástima, sino con desprecio. Alice le hizo una seña casi imperceptible a Verónica. Era el momento de actuar.

​Verónica entró al comedor con paso firme, sosteniendo una bandeja que temblaba ligeramente, no por miedo, sino por cálculo. Se colocó cerca de Fernando. El olor del café y el estrés del ambiente hicieron que su estómago diera un vuelco violento.

​No pudo evitarlo. Se llevó una mano a la boca y se tambaleó, dejando caer la bandeja. El estruendo de la plata contra el suelo de mármol cortó el grito de Isabella.

​—¿Verónica? ¿Qué te pasa? —preguntó Isabella, olvidando su propio dolor por un segundo para acercarse a la sirvienta.

​Verónica se dejó caer sobre una silla, fingiendo una debilidad extrema. Su piel se puso pálida de verdad debido al esfuerzo por no vomitar. Fernando dio un paso hacia ella, con una expresión donde el pánico y la esperanza luchaban por dominarlo.

​—No es nada... solo un mareo —mintió Verónica, mirando a Fernando directamente a los ojos, enviándole el mensaje silencioso que él estaba esperando.

​Isabella, con esa intuición que tienen las mujeres heridas, se quedó inmóvil. Miró a Verónica, luego miró a su esposo. Notó la forma en que Fernando miraba el vientre de la sirvienta. Notó el silencio cómplice de su suegra, Alice, que observaba desde la puerta con una sonrisa triunfal.

​—¿Desde cuándo? —susurró Isabella, su voz apenas un hilo de aire—. ¿Desde cuándo las sirvientas tienen mareos matutinos en esta casa?

​—Isabella, no es lo que piensas... —empezó a decir Fernando, pero su voz carecía de convicción.

​—¡Mírame a la cara, Fernando! —chilló Isabella, abalanzándose sobre él—. ¡Dime que no es cierto! ¡Dime que no metiste a esa mujer en nuestra cama mientras yo lloraba en las clínicas!

​Verónica decidió que era hora de dar el golpe de gracia. Se levantó lentamente, manteniendo la mirada baja, fingiendo una humildad que no sentía.

​—Lo siento, señora —dijo Verónica con una voz que sonaba a arrepentimiento, pero que para Fernando era música—. No fue mi intención que se enterara así. Pero el señor Avalot necesitaba asegurar su legado... y yo solo quería ayudar.

​El bofetón de Isabella resonó en todo el comedor. La mano de la aristócrata golpeó la mejilla de Verónica con una fuerza salvaje. Pero Verónica no lloró. Al contrario, levantó la cabeza y sonrió internamente. Había recibido el golpe, pero acababa de ganar la guerra.

​—¡Fuera de mi casa! —gritó Isabella, fuera de sí—. ¡Lárgate ahora mismo, maldita muerta de hambre!

​—Ella no se va a ninguna parte —la voz de Alice de Avalot tronó desde la entrada, fría como el hielo—. Verónica lleva en su vientre al próximo heredero del Grupo Avalot. Si alguien sobra en esta casa, Isabella, eres tú.

​El silencio que siguió fue absoluto. Isabella miró a su marido, esperando una defensa que nunca llegó. Fernando bajó la cabeza, aceptando su pecado y su salvación al mismo tiempo.

​Verónica se tocó la mejilla ardiente. Por primera vez en su vida, el dolor no se sentía como una derrota. Se sentía como el primer paso hacia su trono. Había dejado de ser la mujer invisible de las calles de México para convertirse en el eje central del imperio más poderoso de Nueva York.

​Isabella cayó de rodillas, destruida. Fernando se acercó a Verónica y, frente a su esposa devastada, le tomó la mano.

​—Llévenla a la habitación principal del ala este —ordenó Fernando a los empleados que se habían amontonado en la puerta—. Que no le falte nada. Desde hoy, su seguridad es la prioridad absoluta de esta familia.

​Verónica subió las escaleras sin mirar atrás. Sabía que abajo dejaba una vida destrozada, pero mientras caminaba hacia su nueva habitación de lujo, solo podía pensar en una cosa: el juego apenas estaba comenzando, y ella ya tenía al rey bajo su control.

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