Mundo ficciónIniciar sesiónLa habitación principal del ala este no era un dormitorio; era una declaración de guerra. Verónica se hundió en las sábanas de seda de mil hilos, sintiendo el aroma a lavanda y dinero que impregnaba cada rincón del espacio que, hasta ayer, le estaba prohibido. En la pared, un espejo veneciano le devolvía una imagen que apenas reconocía: la de una mujer que había usado su cuerpo como un campo de batalla y había salido victoriosa.
La puerta se abrió sin previo aviso. Fernando entró, todavía luciendo el traje de la mañana, pero con la corbata deshecha y el rostro desencajado. Se detuvo a los pies de la cama, observándola con una mezcla de adoración y terror. —Isabella se ha ido —dijo él, su voz era un susurro ronco—. Se llevó solo una maleta. Sus abogados llamaron hace una hora. Va a pedir el divorcio, Verónica. Va a intentar hundirme en el fango por lo que hicimos. Verónica se incorporó lentamente, dejando que la seda se deslizara por sus hombros. No había ni un rastro de culpa en sus ojos claros. —Ella no te hundirá, Fernando. Tu madre no lo permitirá y, lo más importante, ese niño que crece en mi interior es tu escudo —respondió ella con una calma que lo estremeció—. Isabella era un adorno precioso, pero las joyas no ganan guerras. Tú necesitabas una aliada, y ahora la tienes. Fernando se acercó y se sentó al borde de la cama, tomando las manos de Verónica entre las suyas. —Me odia. Todo Nueva York me odiará cuando esto salga a la luz. Dirán que compré a mi sirvienta para reemplazar a mi esposa. —Deja que hablen —sentenció Verónica, apretando sus manos con una fuerza inesperada—. En las calles de México aprendí que el odio de los demás es el combustible de los que ganan. ¿Prefieres que te tengan lástima por ser el hombre que perdió su imperio, o que te teman por ser el hombre que hizo lo necesario para conservarlo? Fernando la miró, y por primera vez, el deseo en sus ojos fue superado por el respeto. Ella era el reflejo de su propia ambición, pero sin las cadenas de la moralidad aristocrática que a él todavía lo frenaban. Sin embargo, la paz duró poco. Unos pasos pesados y decididos resonaron en el pasillo. Alice de Avalot entró en la habitación con un fajo de documentos legales en la mano. Su rostro era una máscara de eficiencia gélida. —Basta de sentimentalismos —cortó Alice, lanzando los papeles sobre la cama—. Fernando, los abogados de la empresa están redactando un acuerdo de confidencialidad y una cláusula de protección para el feto. Verónica, a partir de hoy, no eres una empleada, pero tampoco eres la señora de la casa. Eres la portadora del heredero. Tendrás seguridad las veinticuatro horas y un equipo médico que supervisará cada bocado que comas. Verónica arqueó una ceja, manteniendo su postura desafiante. —¿Portadora? Es una palabra muy fría para alguien que está salvando su apellido, señora Avalot. —Es la palabra exacta, muchacha —replicó Alice, acercándose hasta quedar a pocos centímetros de ella—. No creas que por haber seducido a mi hijo te has ganado un lugar en nuestra mesa. Una vez que ese niño nazca, revisaremos tu contrato. Hasta entonces, eres nuestra propiedad más valiosa. No te equivoques. Alice salió de la habitación, dejando un rastro de escarcha en el ambiente. Fernando evitó la mirada de Verónica, sintiéndose pequeño ante la autoridad de su madre. Pero Verónica no se dejó intimidar. Sabía que Alice era el enemigo final, la verdadera reina que debía ser derrocada.






